viernes, 18 de marzo de 2016

Desorden
La pluma detiene repentinamente su cadencia a mitad del relato. Guiñazú revisa ansioso los primeros veinte párrafos pero no encuentra el diálogo que juraría haber escrito hace unos minutos. Respira hondo, no sin antes sentir un temor frío. Sabe con certeza que ese largo diálogo entre Clara y su vecina no estaba más allá de la página 4 o 5.
Se levanta de la mesa, consulta un par de libros entrañables de los que no se escapan Conrad ni Arlt. Piensa que quizás ya sea demasiada literatura. Abre el cuarto, ventila la habitación y revisa el listado de cosas por hacer, que inevitablemente su esposa y la empleada le renuevan a diario y le dejan colgado al lado de la puerta. Advierte entonces que se le han pasado al menos dos cosas importantes: buscar a su tío en el puerto y devolver libros en la biblioteca.
Corre angustiado calle abajo para no dejar esperando a su entrañable invitado y deja para después los libros, que tendrán que esperar hasta el lunes.
Lo preocupa mucho la ausencia del largo diálogo en su relato y mientras busca ente el gentío a su tío advierte -en un momento de extraña lucidez- que las cosas posiblemente estén empezando a correrse de lugar. El tío lo abraza, le da los tradicionales regalos para la familia y las cartas de los amigos de la infancia. Guiñazú sabe que dentro de una de ellas viene el diálogo perdido, y las lee con voracidad. Efectivamente en la penúltima, sobre el final, aparecen charlando Clara y sus vecinas como si tal cosa, estampadas en medio del texto.
Entiende que todo seguirá así, y que semejante caos universal ha comenzado tímidamente con su relato y el repentino diálogo ausente. No sabe dónde habrá ido a parar el texto reemplazado a su vez en la carta de su amigo, ni qué dirá. Puede estar en cualquier lado, ocupando el lugar de cualquier cosa en el más imprevisible azar. Cual secuencia de dominó, ya nada podrá detener el corrimiento de las cosas. Siente un extraño privilegio al ser testigo- y quizás creador- del principio del fin.
Apoya su mano en el hombro del tío.
Ambos miran cómo se pone el sol, seguramente por última vez, con indescriptible melancolía.

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