miércoles, 22 de abril de 2015

Rompecabezas

La cosa sucede más o menos así. Vos vas por la calle con un cuento que te estalla en la mente. Lo tenés listo, no ves la hora de llegar al papel y la tinta, a la pc, o lo que sea para que no se te diluya ente las neuronas. Quizás te falten algunos diálogos y pasajes pero el núcleo duro no se te escapa ni de casualidad. Sentís el hormigueo maravilloso de la inspiración, esa sensación que se parece a dar a luz porque desde la nada misma aparece una historia. Pero... siempre hay un pero, la madre caminando con la hija por la vereda en dirección opuesta a la tuya, y el comentario como al pasar, que para ellas será parte de una charla más, pero que en tu sensible panorama literario es una bomba que vuela todo en pedacitos. Sin más le dice que cuando era chica hacían rompecabezas con la hermana en vez de comprarlos. Así nomás. Y el cuento que tenías en mente, obediente, se mutila en decenas de pedazos.


- Y como te decía, el tío no tiene porqué enterarse, es en medio del bosque y si no se nos escapa la lengua pasará el tiempo y se perderá en el olvido.- me aseguró mientras mirábamos su foto.
Mucho tiempo atrás la casa del tío Carlos era lugar de reuniones hasta que empezaron los problemas entre los primos y la señora Haydée.
Sin embargo el bosque parece querer camuflar para siempre la tumba de Haydée, y todo colaboran con indiferencia y rutina.
Cuando todo era calma nos reunimos para decidir el destino de los primos.

Te das vuelta. El cuento en tu cabeza ha quedado desarmado y las mirás con odio. Apenas si podés retener la trama de Haydée, las razones de haberla mandado para el otro lado y los odios familiares.
Te quedás pensando. Madre e hija ya cruzan la calle, indiferentes.
El cuento era bueno, vos lo sabés. Pero ellas se lo llevaron para siempre en su versión original. A vos te quedó el rompecabezas, las frases inconexas, la nostalgia de lo que pudo ser, la incipiente impotencia, la noche inevitable.

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