sábado, 8 de agosto de 2015

Viajes

No puedo darme el lujo de ponerme en el final de la historia porque nada ha ocurrido aún. La moneda está en mi mano y no ha comenzado el derrotero interminable que sí se ha iniciado en mi mente. La puedo palpar, la presiono para sentirla mía pero sé que tarde o temprano deberá seguir el mandato del destino y alcanzar a esa otra moneda que en mis pensamientos ya se cayó del bolsillo trasero para ir a parar a la tierra de mi jardín sin hacer el menor ruido, cobrando vida propia, esperando paciente a que mi pequeño hijo la tome jugando y la lleve sucia de tierra a su camión, pero qué hace esta moneda acá mira si te la metés en la boca, a ver dáme, y de ahí a la cartera de la madre, al vuelto del taxi, al pago del café de la mañana, a la ranura de la máquina, al banco, al pago del jubilado, al nieto que siempre espera esos pequeños gestos del abuelo, a la golosina, y así, mientras yo corro desesperado al principio del relato para tenerla otra vez en la palma de la mano y sentirla mía, aunque sé que ya es tarde, porque por más que allí aún pueda tocarla ella conoce su destino y sólo espera un descuido mío para entrar en el círculo infinito de pequeños traspasos, trajinar enloquecido al que ésa y cada una de las monedas del mundo están sometidas todo el tiempo, al borde del infarto..., y nosotros acá viviendo, como si tal cosa.

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