martes, 13 de diciembre de 2016

Inspiración

Anochecía. Llegó por las escaleras transpirando y desesperado. Cada segundo contaba. Desparramó en su escritorio hojas en blanco y algunos personajes al azar (dos hombres y una mujer al principio, luego otro hombre), garabateó varios párrafos y trató de hilar diálogos más o menos coherentes. Pero la trama se caía a pedazos, la inspiración no llegaba y el plazo acordado terminaba fatalmente. Lo inevitable sucedió: hubo boicot de personajes, decepcionados y agrupados en un rincón de la hoja. Le exigieron más seriedad. El escritor –inteligente- adujo estar siendo a su vez escrito. Ahora, entre todos, me miran.

sábado, 16 de julio de 2016

Ventanas

Estos tipos son así- me dije- hacen lo que quieren..., nacieron con esa faceta extraña y ahí los tenés, personajes oscuros que llevan una doble vida y que suelen ser callados porque no les interesa el mundo ajeno.
A mí me parecía que el libro era de una calidad inusual y que no merecía estar perdido en esa librería del barrio como uno más. Me atrapó la prosa cuidada y algunos giros inesperados. Era evidente que el autor era culto y sabía de lo que hablaba. Me enojó que su libro pasará desapercibido entre tantas porquerías que las editoriales no dudan en publicar.
El librero se dio cuenta de mi concentración.
- ¿Es bueno, no?
Asentí y me reconfortó encontrar un cómplice en la calidad literaria. Para mi sorpresa, y luego de entrar un poco en confianza, me dijo que el autor vivía a no muchas cuadras de allí, que le había costado mucho costearse la edición del libro y que pasaba cada tanto disimuladamente para ver si la pila de ejemplares descendía apenas un poco. Triste, me confesó que la gente ni lo miraba y que optaba por los libros de autoayuda y ese tipo de cosas.
Seguí leyendo un rato más uno de los relatos y entendí que -definitivamente- estaba frente a un gran escritor.
No dudé en tomar dos, para ganarme aún más la simpatía del dueño y logré sacarle la dirección de la casa con la excusa de conseguirle un reportaje en alguna radio.
Obtuve el dato pero también un consejo de último momento:
- De todos modos no sé si le conviene ir a verlo..., ya sabe cómo son...
Cerré la puerta del negocio y sentí otra vez el frío y la llovizna.
Mi existencia no tenía mayor rumbo, la verdad. Mis hijos ya habían hecho su propia vida y volver a mi casa era volver a lo de siempre. Opté, por una vez, seguir mis instintos y llegar al barrio que estaba detrás de la alameda.
La luz empezaba a escasear y metí aún más las manos en los bolsillos. Guardaba en una pequeña mochila los dos ejemplares del libro como una carta de presentación ante el autor, por si lo notaba demasiado hosco.
Conté dos casas después del almacén y no dudé ni un instante que la fachada de esa tercera vivienda no podía ser sino la de un escritor. Se la notaba descuidada y algo precaria. Me preocupó la falta de movimiento en el barrio a esa hora y temí que dudaran de mí, un completo extraño en el lugar.
Me subí el cuello del abrigo para refugiarme más del frío y para camuflar mi presencia.
Durante unos minutos no pude notar por la ventana más que una luz de escritorio prendida, la taza de café humeante y todo listo para lo que parecía ser la redacción de un nuevo relato. Me reconfortó saber que a pesar de todo el tipo seguía escribiendo. En ese momento apareció con un block de hojas y lo dejó a la luz de la lámpara con un lápiz viejo. Me quedé tieso implorando que no me viera, y repentinamente se fue. Sentí envidia ante la inspiración, la hoja en blanco y ese milagro de hacer aparecer personajes y una historia donde antes no había absolutamente nada. Pero pasaron largos minutos y el tipo no volvía. Empecé a impacientarme, dudé en irme del lugar y recordé el consejo del librero, pero advertí entonces que la hoja en realidad no estaba completamente en blanco sino que tenía escrito a mano -presumiblemente- el final de un relato.
A riesgo de ser descubierto me acerque aún más, y al no escuchar ruidos dentro de la casa llegué incluso a apoyarme en el vidrio frío de la ventana para poder leer algo del texto. Sentí en ese momento algo como un desvanecimiento, pero hice un último esfuerzo y alcancé a descifrar- no sin horror- el párrafo final, donde se describe cómo desde hace un buen rato un tipo extraño merodea la casa y ahora, apoyado en el vidrio, me espía por la ventana.

lunes, 11 de julio de 2016

Bisagra de papeles

Ahora llueve.
Siempre se supo en el pueblo que el biólogo buscó -como un endemoniado-los papeles donde parecía estar la milagrosa cura de una enfermedad que asolaba a toda la ciudad.
El más viejo de ese laboratorio dio hace un tiempo con una fórmula que, presumiblemente, acabaría con todos los pesares de la zona.
Los vecinos saben que cada tanto la empleada del laboratorio, que linda con el enorme baldío, mecánicamente vacía todo lo que para ella no sirve y lo deja allí.
Pero finalmente ahí está, para él..., la carpeta milagrosa, en pleno descampado, llena de papeles.
Es un peligro porque los chicos de por allí, durante las tardes, juegan con los restos que quedan en los baldíos o los cartoneros los hacen desaparecer.
De hecho Carlos, vecino de la zona, que necesita como cada noche todo el calor posible para su casa, recorre el enorme barrio en busca de algo que por fin alimente la fogata, rogando a Dios está vez tener suerte.
El invierno en estos tiempos es terrible, y las noches no dan tregua.

Pd: si Ud. prefiere a Carlos y su necesario calor de hogar vaya de abajo para arriba; si en cambio su voto es por el progreso de la ciencia, de arriba hacia abajo.

sábado, 2 de julio de 2016

Distancia

En el segundo bolsillo de un maletín gastado (en las afueras de Dublín) reposa un mensaje milenario que jamás llegó a destino. Por arriba, por abajo y por los costados de ese viejo attaché pasa hace muchos años la mundana realidad, indiferente.
No está a más de tres metros de la calle. Si uno mira bien por la ventana húmeda alcanza a ver un vértice del maletín sin problemas, aunque aplastado debajo de una serie de libros con los cuales no tiene relación alguna y que parece que están ahí para despistar.
El lugar exacto donde descansa el mensaje le fue revelado durante generaciones a muy pocas personas. El único que queda con vida sabe que tiene que ir a buscarlo y hacérselo llegar al hombre que hará con eso una impensada revolución, escribiendo el libro más notable de los últimos tiempos.
Pero quien guarda el secreto vive a muchos miles de kilómetros de ahí y está hace semanas convaleciendo. Jamás dijo nada en su familia. Sólo confía en una nieta, que hace poco entró a la universidad y con quien ha perdido contacto desde el día que lo internaron.
Desconoce, claro, que en poco tiempo una empresa de mudanzas de Dublín limpiará todo el lugar y el maletín -probablemente- termine en un basurero.
El escritor destinado a ese encuentro milagroso, que sin siquiera saberlo vive a pocos kilómetros de la casa, pasa por momentos de inspiración inéditos, pero intuye que aún le falta una idea central para volcar en las interminables hojas blancas.
Esta tarde, para distraerse, ha aceptado la invitación de un amigo y juntos van a ver a un viejo compañero del colegio. Pasan la tarde en medio de vinos, anécdotas y recuerdos cargados de nostalgia.
Dan las siete. Un enorme camión de una empresa de mudanzas se acerca y ellos curiosean por la ventana. Es para la casa de la esquina, -dice el anfitrión- que está abandonada desde hace un tiempo. Siguen, sin darle importancia al asunto, y mientras los primeros bultos se van de allí se detiene para siempre el corazón del que a miles de kilómetros guardaba el secreto. La humanidad sigue, desde ese momento rutinario y atroz, su destino gris.
Mañana quizás se enteren del deceso los vecinos y le avisaran también a la nieta, que por estos meses vive avocada a sus estudios, y que tanto extraña al abuelo a veces.

martes, 14 de junio de 2016

Una puerta

Ahora no hay nada. Está la hoja en blanco. Todos odiamos eso, escritores y lectores. Empujamos hacia el mismo lado, hacia una historia que nos convoque -al menos por unos minutos- y nos reúna alrededor de caras, argumentos, lugares y tramas. Pero la historia no llega. Está descansando en vaya a saber qué recóndito espacio del cerebro, sin mucho más que hacer que esperar el llamado, pero para eso necesita la palabra clave. No saldrá de su comodidad hasta que pronunciemos ese vocablo que lanzará todo por los aires, transformará el hielo en fuego y los personajes dormidos en indispensables piezas de una trama que nos deje sin respiro. Intentamos un par de veces pero nada, el lector ya empieza a cansarse y ve que el zigzagueo es permanente y no lleva a ningún lado.
Pasan lo minutos. "Puerta" arriesgamos, ya con cierto grado de impaciencia. Nada. "Encierro", nos llega desde algún lado de la memoria. Nada. Ya estamos por renunciar, y la mano del lector está justicieramente a punto de cambiar de página. Intuye -con sobrada razón- que hay cientos de autores más seguros, con sólido sello de garantía bajos sus apellidos. Las musas, mientras tanto, indiferentes.
Y seguimos así, desalentados, encerrados por años en el mismo cuarto, mirando la puerta marrón de siempre, sin rastros de inspiración.

domingo, 29 de mayo de 2016

Llaman

Yo no sé si evitar una paliza en la infancia es suficiente motivo como para inventar un tío policía y así asustar a los del barrio cuando están a punto de ajusticiarte a trompadas contra el cordón de la vereda. Lo que sí me acuerdo es que era un invierno muy duro, empezaba la llovizna y ya empezaba a intuir los moretones y magullones mezclados con el ripio del asfalto. Entonces nació el tío -y al mismo tiempo- mi profusa imaginación. No recuerdo exactamente qué les dije, pero debe haber sido con mucha autoridad porque los hice retroceder a pesar de que esos de la otra cuadra eran bien matones y me la tenían jurada desde hacía tiempo. Salieron mascullando insultos y amenazas pero no me tocaron un pelo. A la noche en mi casa, sano y salvo y bajo las frazadas intenté recordar algunos rasgos de lo que dije del tío, para no pisarme después. Lo cierto es que dio resultado y en adelante lo traje a colación cada vez que me sirvió. No sólo le di el oficio de policía para zafar de la golpiza sino que después, según me iba conviniendo, le cambié de profesión, le di una familia, lo hice ir y venir varias veces de su provincia natal, Chaco, a varios lugares de Europa. La última vez fijó su residencia en Damasco y allí permaneció por un buen tiempo. La infinidad de anécdotas en que me salvó las papas su sola existencia me hacen pensar - mirando hacia atrás- que tengo una imaginación prolífica y que sobre todo he logrado mentir con una coherencia notable. Mi tío se transformó con el correr del tiempo en un personaje clave de mi existencia. Muchos me lo envidiaban, con razón. Incluso logré fundamentar su ausencia en mi casamiento sin despertar mayores sospechas y en medio del lamento general.
Por un tiempo muy largó lo dejé descansar y hasta aposté internamente a que lo fueran olvidando. La última vez lo describí como alguien acaudalado pero resentido con éste país, por lo que no pensaba volver.
La enfermedad que me ha postrado y los diagnósticos médicos ya no me dan mucho margen. He pensado en contarle a mi esposa la verdad, porque insiste en pedirle al tío algunos pesos para viajar y que me atiendan en otro lado. Pero en mi última maniobra he inventado una pelea reciente entre él y mi padre para justificar la ruptura.
Aún con esperanzas y rezos parece que no duraré más de una semana. Mis amigos disimulan cierto optimismo pero el cuerpo me denuncia dolores por todos lados. Apenas me sale un hilo de voz y estoy a punto de confesar todo, pero la más pequeña mía se asoma en la puerta del dormitorio y dice que mi tío ha llamado y que viene de visita al saber de mi convalecencia. La cara de mi esposa se ilumina y se levanta de un salto. Me paraliza el miedo pero les digo que yo quiero atender cuando suene la puerta, a lo cual todos se niegan. Les pongo mi peor mueca y me ayudan a incorporarme hasta llegar al hall de entrada. Quedo momentáneamente solo porque mi esposa ha ido a preparar algo para la inesperada visita. Trato de incorporarme bien a pesar de tantos dolores. Por un momento pienso que quizás así hubiera quedado si allá en la infancia me hubieran dado la paliza.
Por fin suena la puerta. Respiro profundo, tomo el picaporte frío con la mano derecha, y abro.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Paco

Un comentario a cuatro cuadras de donde uno está, tan lejos y tan cerca a la vez, en la verdulería del barrio, viste que lo largaron a Don Paco, el loco del caño, quién hubiera dicho, ¿pero ya pasaron quince años?, cómo puede ser, el tiempo vuela, y la gente que aún se acuerda de lo buen plomero que era, de cómo se las ingeniaba con la guitarra y de la fama de picaflor que bien ganada tenía...mirá vos el loco del caño, tanto tiempo después... volver al barrio, y no sé para qué la verdad porque su familia se fue de pura vergüenza, infierno grande..., ya se sabe, pero un día el tipo volvió con su caja de herramientas y esa increíble habilidad para arreglar todo, desde una gotera -de esas que enloquecen como la de los Sánchez- hasta lo que te imagines, tanto que el señor Sánchez mira el panfleto del barrio a las apuradas y ve Don Paco-plomero, y llama sin pensarlo porque a veces los pliegues de la realidad son tan extraños, como que si elige una verdulería es -por supuesto- la más cercana, son cuatro cuadras hasta la otra... que encima está siempre tan llena de gente y con las señoras chusmeando, y mientras tanto se acerca Don Paco... con sus herramientas tan prolijas donde esconde sutilmente ese caño que lo llevó a los titulares policiales, y los Sánchez tan contentos por terminar de una vez con la gotera, la interminable gotera.