lunes, 11 de julio de 2016

Bisagra de papeles

Ahora llueve.
Siempre se supo en el pueblo que el biólogo buscó -como un endemoniado-los papeles donde parecía estar la milagrosa cura de una enfermedad que asolaba a toda la ciudad.
El más viejo de ese laboratorio dio hace un tiempo con una fórmula que, presumiblemente, acabaría con todos los pesares de la zona.
Los vecinos saben que cada tanto la empleada del laboratorio, que linda con el enorme baldío, mecánicamente vacía todo lo que para ella no sirve y lo deja allí.
Pero finalmente ahí está, para él..., la carpeta milagrosa, en pleno descampado, llena de papeles.
Es un peligro porque los chicos de por allí, durante las tardes, juegan con los restos que quedan en los baldíos o los cartoneros los hacen desaparecer.
De hecho Carlos, vecino de la zona, que necesita como cada noche todo el calor posible para su casa, recorre el enorme barrio en busca de algo que por fin alimente la fogata, rogando a Dios está vez tener suerte.
El invierno en estos tiempos es terrible, y las noches no dan tregua.

Pd: si Ud. prefiere a Carlos y su necesario calor de hogar vaya de abajo para arriba; si en cambio su voto es por el progreso de la ciencia, de arriba hacia abajo.

sábado, 2 de julio de 2016

Distancia

En el segundo bolsillo de un maletín gastado (en las afueras de Dublín) reposa un mensaje milenario que jamás llegó a destino. Por arriba, por abajo y por los costados de ese viejo attaché pasa hace muchos años la mundana realidad, indiferente.
No está a más de tres metros de la calle. Si uno mira bien por la ventana húmeda alcanza a ver un vértice del maletín sin problemas, aunque aplastado debajo de una serie de libros con los cuales no tiene relación alguna y que parece que están ahí para despistar.
El lugar exacto donde descansa el mensaje le fue revelado durante generaciones a muy pocas personas. El único que queda con vida sabe que tiene que ir a buscarlo y hacérselo llegar al hombre que hará con eso una impensada revolución, escribiendo el libro más notable de los últimos tiempos.
Pero quien guarda el secreto vive a muchos miles de kilómetros de ahí y está hace semanas convaleciendo. Jamás dijo nada en su familia. Sólo confía en una nieta, que hace poco entró a la universidad y con quien ha perdido contacto desde el día que lo internaron.
Desconoce, claro, que en poco tiempo una empresa de mudanzas de Dublín limpiará todo el lugar y el maletín -probablemente- termine en un basurero.
El escritor destinado a ese encuentro milagroso, que sin siquiera saberlo vive a pocos kilómetros de la casa, pasa por momentos de inspiración inéditos, pero intuye que aún le falta una idea central para volcar en las interminables hojas blancas.
Esta tarde, para distraerse, ha aceptado la invitación de un amigo y juntos van a ver a un viejo compañero del colegio. Pasan la tarde en medio de vinos, anécdotas y recuerdos cargados de nostalgia.
Dan las siete. Un enorme camión de una empresa de mudanzas se acerca y ellos curiosean por la ventana. Es para la casa de la esquina, -dice el anfitrión- que está abandonada desde hace un tiempo. Siguen, sin darle importancia al asunto, y mientras los primeros bultos se van de allí se detiene para siempre el corazón del que a miles de kilómetros guardaba el secreto. La humanidad sigue, desde ese momento rutinario y atroz, su destino gris.
Mañana quizás se enteren del deceso los vecinos y le avisaran también a la nieta, que por estos meses vive avocada a sus estudios, y que tanto extraña al abuelo a veces.

martes, 14 de junio de 2016

Una puerta

Ahora no hay nada. Está la hoja en blanco. Todos odiamos eso, escritores y lectores. Empujamos hacia el mismo lado, hacia una historia que nos convoque -al menos por unos minutos- y nos reúna alrededor de caras, argumentos, lugares y tramas. Pero la historia no llega. Está descansando en vaya a saber qué recóndito espacio del cerebro, sin mucho más que hacer que esperar el llamado, pero para eso necesita la palabra clave. No saldrá de su comodidad hasta que pronunciemos ese vocablo que lanzará todo por los aires, transformará el hielo en fuego y los personajes dormidos en indispensables piezas de una trama que nos deje sin respiro. Intentamos un par de veces pero nada, el lector ya empieza a cansarse y ve que el zigzagueo es permanente y no lleva a ningún lado.
Pasan lo minutos. "Puerta" arriesgamos, ya con cierto grado de impaciencia. Nada. "Encierro", nos llega desde algún lado de la memoria. Nada. Ya estamos por renunciar, y la mano del lector está justicieramente a punto de cambiar de página. Intuye -con sobrada razón- que hay cientos de autores más seguros, con sólido sello de garantía bajos sus apellidos. Las musas, mientras tanto, indiferentes.
Y seguimos así, desalentados, encerrados por años en el mismo cuarto, mirando la puerta marrón de siempre, sin rastros de inspiración.

domingo, 29 de mayo de 2016

Llaman

Yo no sé si evitar una paliza en la infancia es suficiente motivo como para inventar un tío policía y así asustar a los del barrio cuando están a punto de ajusticiarte a trompadas contra el cordón de la vereda. Lo que sí me acuerdo es que era un invierno muy duro, empezaba la llovizna y ya empezaba a intuir los moretones y magullones mezclados con el ripio del asfalto. Entonces nació el tío -y al mismo tiempo- mi profusa imaginación. No recuerdo exactamente qué les dije, pero debe haber sido con mucha autoridad porque los hice retroceder a pesar de que esos de la otra cuadra eran bien matones y me la tenían jurada desde hacía tiempo. Salieron mascullando insultos y amenazas pero no me tocaron un pelo. A la noche en mi casa, sano y salvo y bajo las frazadas intenté recordar algunos rasgos de lo que dije del tío, para no pisarme después. Lo cierto es que dio resultado y en adelante lo traje a colación cada vez que me sirvió. No sólo le di el oficio de policía para zafar de la golpiza sino que después, según me iba conviniendo, le cambié de profesión, le di una familia, lo hice ir y venir varias veces de su provincia natal, Chaco, a varios lugares de Europa. La última vez fijó su residencia en Damasco y allí permaneció por un buen tiempo. La infinidad de anécdotas en que me salvó las papas su sola existencia me hacen pensar - mirando hacia atrás- que tengo una imaginación prolífica y que sobre todo he logrado mentir con una coherencia notable. Mi tío se transformó con el correr del tiempo en un personaje clave de mi existencia. Muchos me lo envidiaban, con razón. Incluso logré fundamentar su ausencia en mi casamiento sin despertar mayores sospechas y en medio del lamento general.
Por un tiempo muy largó lo dejé descansar y hasta aposté internamente a que lo fueran olvidando. La última vez lo describí como alguien acaudalado pero resentido con éste país, por lo que no pensaba volver.
La enfermedad que me ha postrado y los diagnósticos médicos ya no me dan mucho margen. He pensado en contarle a mi esposa la verdad, porque insiste en pedirle al tío algunos pesos para viajar y que me atiendan en otro lado. Pero en mi última maniobra he inventado una pelea reciente entre él y mi padre para justificar la ruptura.
Aún con esperanzas y rezos parece que no duraré más de una semana. Mis amigos disimulan cierto optimismo pero el cuerpo me denuncia dolores por todos lados. Apenas me sale un hilo de voz y estoy a punto de confesar todo, pero la más pequeña mía se asoma en la puerta del dormitorio y dice que mi tío ha llamado y que viene de visita al saber de mi convalecencia. La cara de mi esposa se ilumina y se levanta de un salto. Me paraliza el miedo pero les digo que yo quiero atender cuando suene la puerta, a lo cual todos se niegan. Les pongo mi peor mueca y me ayudan a incorporarme hasta llegar al hall de entrada. Quedo momentáneamente solo porque mi esposa ha ido a preparar algo para la inesperada visita. Trato de incorporarme bien a pesar de tantos dolores. Por un momento pienso que quizás así hubiera quedado si allá en la infancia me hubieran dado la paliza.
Por fin suena la puerta. Respiro profundo, tomo el picaporte frío con la mano derecha, y abro.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Paco

Un comentario a cuatro cuadras de donde uno está, tan lejos y tan cerca a la vez, en la verdulería del barrio, viste que lo largaron a Don Paco, el loco del caño, quién hubiera dicho, ¿pero ya pasaron quince años?, cómo puede ser, el tiempo vuela, y la gente que aún se acuerda de lo buen plomero que era, de cómo se las ingeniaba con la guitarra y de la fama de picaflor que bien ganada tenía...mirá vos el loco del caño, tanto tiempo después... volver al barrio, y no sé para qué la verdad porque su familia se fue de pura vergüenza, infierno grande..., ya se sabe, pero un día el tipo volvió con su caja de herramientas y esa increíble habilidad para arreglar todo, desde una gotera -de esas que enloquecen como la de los Sánchez- hasta lo que te imagines, tanto que el señor Sánchez mira el panfleto del barrio a las apuradas y ve Don Paco-plomero, y llama sin pensarlo porque a veces los pliegues de la realidad son tan extraños, como que si elige una verdulería es -por supuesto- la más cercana, son cuatro cuadras hasta la otra... que encima está siempre tan llena de gente y con las señoras chusmeando, y mientras tanto se acerca Don Paco... con sus herramientas tan prolijas donde esconde sutilmente ese caño que lo llevó a los titulares policiales, y los Sánchez tan contentos por terminar de una vez con la gotera, la interminable gotera.

domingo, 22 de mayo de 2016

Reunión

En la montaña se esconden secretos que mutan en leyenda las noches de fogón.
Yo supe de la reunión cuando era chico. Mi abuelo había insistido en llevarme al puesto de la precordillera. Aún recuerdo el gesto reprobatorio de mi madre, pero una autoridad que seguramente le daban los años terminó por sumir a mi padre en un silencio aprobatorio que me vio al día siguiente arriba de una camioneta, y luego sobre el caballo más manso del puesto.
A la noche estábamos, fogata mediante, escuchando historias y pasando el mate. Yo podía adivinar que cada uno era dueño de un relato, y sabía que la mujer del final de la ronda se guardaba algo fuerte. Ni siquiera la luna -imponente esa noche- se robaba mi atención. La mujer dio un sorbo largo al mate y tomó la palabra: "Mi bisabuelo era el militar del pueblo. Le habían encargado, antes que nada, protegernos de los malones. Era su obsesión. Había organizado a los hombres para hacer guardia en turnos permanentes y a las mujeres para tener todo listo si venía un ataque. Cada uno sabía cuál era su misión en caso de semejante estampida, pero durante años absolutamente nada ocurrió. Algunos empezaron a pensar que los indígenas habían emigrado más al norte o que sencillamente renunciaban a sus ataques a cambio de algo que nadie podía siquiera intuir. Una noche mi madre, sin que él lo advirtiera, lo siguió por la montaña en medio de la tupida oscuridad. Llegó silenciosamente atrás de una gran loma y ahí asistió al parco encuentro ente dos hombres. El abuelo sacó una bolsa y la entregó al cacique, intercambiaron mínimas palabras y se saludaron. Los caballos, incluso, parecían reconocerse. Mucho tiempo después, en su lecho de muerte, mi madre se animó a preguntarle por aquella noche. Él le devolvió al principio un gesto contrariado, pero luego le confesó con apenas un hilo de voz que negociaba así la paz de cada año. Mi madre entonces le preguntó aterrorizada que harían en adelante, pero él ya no lograba escucharla. Murió observando el rostro inmóvil de su nieta. Esa misma noche ella fue hasta el lugar que le dictaba su infancia. Pero nadie llegó. Luego de una hora de espera entendió que algo se había quebrado con la muerte de su abuelo, y que sólo quedaba esperar lo peor. Prefirió no decir nada en el pueblo para no espantar a la gente, pero se ocupó de recordarles a todos sobre el peligro de los malones. Más de uno relativizó la advertencia. Tardó pocos días en llegar el primer ataque, que fue brutal. Murieron muchos y ella se transformó en adelante en la jefa natural del pueblo. Decidió entonces que la interminable espera de los ataques era tan odiosa como insensata. Propuesta a terminar con semejante locura instigó a todos para atacar a los indígenas en un golpe certero y definitivo. Tardaron varias semanas en planificarlo. Más de uno tenía la venganza ardiendo en los ojos. Cuando por fin estaba todo listo, intuitivamente fue -en medio de la noche- al lugar de la antigua reunión. La estaba esperando alguien que se presentó como nieto del viejo cacique, y de quien irremediablemente se enamoró a las pocas palabras. Él, con sabiduría, podía entrever el inminente ataque de la venganza pero también el temor en lo ojos de mi madre y - paradojas del destino- ofreció algo a cambio de evitarlo.
La mujer terminó ahí abruptamente el relato y pidió otro mate. El fuego se apagaba. Más de uno me miró y advirtió mi enorme curiosidad por el desenlace. Pero me ganó la vergüenza y permanecí en silencio. Mi abuelo, cómplice, señaló la luna y me dijo que ya era tarde, que nos fuéramos a dormir. Creí notar entonces en la extraña y profunda sonrisa de la mujer algún rasgo milenario.

Al día siguiente volvimos con el abuelo, y nunca más hablamos de aquella noche.

martes, 17 de mayo de 2016

Último relato

Llegamos apurados del velorio. Entramos con desesperación, empujando muebles y primereando en las piezas. La casa era grande, de dos pisos, con salones amplios y cortinados gruesos. Previsiblemente tardaríamos al menos una tarde en dar con el enigmático relato del que nos hablaba en sus últimos días el abuelo. Más de uno pensaba que el texto se refería a una herencia o quizá un tesoro escondido en la antigua finca. Como él ya había muerto no había lugar para las gentilezas ni la educación. Los últimos resabios de caballerosidad se terminaron en la línea de entrada de la casa. Fuimos abriendo cajones y sacando ropa con evidente desparpajo, pero el papel no aparecía. Yo preferí entonces esperar un momento y mirarlos a todos buscar, para ver qué error estábamos cometiendo. El abuelo -seguramente- había pensado en algo ingenioso y por qué no diabólico para cerrar el círculo. Alcancé a escuchar algunos gritos de discusiones que venían de las habitaciones de la planta alta y me tenté de risa por lo absurdo de la situación. Creo que en esos instantes me gané, incluso, algunas miradas de desconfianza y reprobación. Pasaron varios minutos pero nadie encontraba nada. Entonces tuve un momento de lucidez y me imaginé al abuelo burlándose de nosotros desde el mismo infierno. Empecé a correr con locura tratando de dejar la casa -y por qué no también la finca-, pero ya era tarde. Su pluma me alcanzaba por la espalda una y otra vez, llevándome a la puerta principal hasta verme agotado de tantas carreras inútiles.
Los demás me preguntaron entonces qué me pasaba, pero me faltaba el aire. El malhumor tampoco me dejó explicarles que dejaran de intentar, que estábamos condenados para siempre a su venganza eterna, a su jugada maestra, a su último relato.