viernes, 18 de diciembre de 2015

Tiempos modernos

Mi abuela siempre rezongaba y nos insistía con eso de la lentitud -tan sabia- de otras épocas, donde los cambios venían a lo sumo en caballo cansado y no en tren furioso, sin piedad como en estos días.
Ahora la sangre sale por debajo de la puerta del baño acá en el octavo piso y todos corren desesperados a ver, pero saben que ya es tarde. Salgado se ha volado la cabeza mientras aprieta un puñado de acciones en la mano, porque es mucho más rápido que los demás, y cual ajedrecista que anticipa varias jugadas entendió que el derrumbe de esos papeles en la bolsa daba por tierra con la fiesta de quince que tanto le prometió a la más chica, con las refacciones de la casa y quién te dice, hasta con el pago de la hipoteca. Un puñado de absurdos papeles grises que si hubieran sido otros el futuro habría florecido mágicamente..., la nena con su fiesta, el fin de las deudas y tantas cosas más. Pero la abuela tenía razón, era mejor cuando todos estábamos más calmados, de poco vale ahora escuchar al cadete del sexto piso, que llega por las escaleras corriendo y casi sin aire aclara que todo fue un error, que alguien tipeó la letra equivocada, que van a revisar ese sistema donde por meter mal un dedo alguno puede tomar una decisión errada, que mil disculpas.

lunes, 14 de diciembre de 2015

GPS

Instalo por fin el bendito aparato en el auto y luego de un rato -y de maravillarme con los resultados- le pido que me deje en la primera infancia, cerca de los mejores recuerdos posibles. No tardo en aparecer en las ramas de un limonero en una de esas tardes eternas que sólo se interrumpían con el grito materno para ir a cenar. Se me escapa una lágrima y fijo el nuevo destino: la primera ruptura amorosa. Adivino un perfil morocho y ciertos ojos inolvidables que me vuelven a doler. Y así me lleva el gps por los recuerdos más insólitos. Después de innumerables destinos llego cansado a la noche y decido volver a este presente gris de obligaciones y cuentas por pagar. Pero creo que no le he dado bien las coordenadas. Aparezco en un tiempo y un cuerpo levemente extraños. Reviso el aparato pero no sirve de mucho. Me resigno entonces a este nuevo ser y me asomo con cierto temor a los aromas de la cocina y el ruido de ollas que suenan a pocos metros. Un bello perfil sinuoso aparece entre el vapor y los gritos de los chicos. Disimulo una contenida alegría. Ofrezco mi ayuda para poner la mesa y celebro un pollo asado que, sin mucho esfuerzo, adivinan mis sentidos. Lindo aparatito el gps, después de todo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Detalles

Lo que pasa es que somos unos obsesivos, enfermos que no podemos dejar pasar detalles mundanos y así se nos va la vida. Preocupados ahora por ese pedacito de hilo azul que asoma debajo del sillón y que bien podríamos dejar ahí, que siga su vida de hilo azul, con destinos tan dispares como terminar en un pullover igual a aquel que inspirara a Julio (que no quería culpar a nadie) o en una madeja que de a poco y humildemente busca su refugio en el desván de las cosas viejas. Cosas probables para hilos azules, se sabe.
Pero no, nada de dejarlo pasar, somos víctimas del peor de los males de estos tiempos, la obsesión. Entonces tiramos del bendito hilo para ver de dónde viene, si debajo del sillón está la madeja o qué diablos hace ahí. No teniendo nada mejor que hacer con nuestras vidas que darle de comer a ese costado enfermizo tiramos con fuerza del hilo, que al principio se resiste porque el enorme sillón le acuesta encima toda su autoridad y su peso, pero que de a poco va cediendo y alimentando así nuestras ganas de sacarlo entero, que no esté ahí molestando nuestro mundo visual, cortando el beige de la alfombra y la pata del sillón, todo tan degradé y de buen gusto, hilo maleducado.
Pero se sabe que todo se paga en esta vida, tarde o temprano el hilo azul se cobra la primera víctima, porque si lo que querés es pulsear y tirar vamos a medir fuerzas, entonces la abuela, que con rasgos vegetales mira la televisión en la pieza del primer piso muere en su hamaca, justo cuando empezamos con lo del hilo. Y escuchamos el grito de quien primero la ve tirada y sin vida, pero ni siquiera el grito nos resulta del todo familiar porque se parece a la voz de nuestra hermana, que comparte el primer piso con la abuela, pero no es exactamente nuestra hermana, es una mujer que baja enloquecida por la escaleras y tiene rasgos y modos parecidos, pero definitivamente no es nuestra hermana. Nos reclama, nos grita, pero nosotros la miramos como ausentes, ya entendemos que el hilo del cual tiramos -ahora con locura- juega sus cartas, entonces con abuela muerta y hermana extraña advertimos que será una guerra sin cuartel, más jodés con el hilo, más te desovillo la vida, y las caras y las voces y todo lo que nos rodea va mutando, y sabemos que mejor hubiera sido calmarnos, dejar el hilo desafiante abajo del sillón, aunque nos moleste, aunque nos vuelva locos porque impacta feo en la tonalidad de marrones, (tan correctos que se veían la alfombra y el sillón al principio), pero es inútil, ya no hay vuelta atrás y tiramos enajenados del hilo y el mundo sigue desovillándose a una velocidad de locos y nos quema las manos el tironeo y no sabemos exactamente en qué momento logramos llegar a la otra punta, y nos vemos repentinamente en otra casa, en otro tiempo, desaliñados y con un cansancio indescriptible, pero con el extraño sabor del triunfo de tener toda la madeja encima, las dos puntas claramente identificadas en nuestras manos, ahora todo es oxígeno, todo es alegría, lo que sí nada de levantarse a ver los estragos de tirar y tirar tanto, mejor quedarse a saborear el indescriptible triunfo de los ocres sobre los azules, y quizás así morir.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Discusiones

He decidido reconsiderar el plan de Eduardo, mientras miro su tumba. El frío me quema la cara y los pocos álamos mendocinos no ayudan a parar el viento del sur. Maldigo mi falta de coraje en aquellos tiempos y sé que ahora, sin Eduardo, todo será más difícil. Me arrodillo para dejarle unas flores y de paso para ver si me susurra algo.
Nada. Estoy solo.
No quiero volver a mi casa, a la rutina espantosa y al ruido del teléfono que no me deja escribir en paz. Intuyo que por aquí cerca debe haber un café o algo parecido para pensar un rato.
La noche se acerca y se burla de mis planes. Eduardo sigue muerto y no me da pistas.
Me recluyo entonces en el frío del auto y trato de acompañarme con un poco de radio.
Me duele este domingo como nunca antes. Los guardias del cementerio me miran con desconfianza pero no pienso mover el auto.

- Abríme que hace frío - reclama Eduardo mientras golpea con los nudillos la ventana del auto, ya empañada.
Obedezco con desgano.
Se acomoda sin mayores comentarios y me mira como pidiendo permiso para encender un cigarrillo.
- Ni se te ocurra- le gruño.
Un rato después no podemos evitar volver -como desde hace años- a la misma remanida discusión. Le pido que por favor no grite y que deje las flores fuera del auto.
- Son tuyas- aclara. Al que le gustan las flores en la tumba es a vos, ya te he dicho.

De a poco nos acercamos al tema de fondo. Insiste con mi herida de bala, con que el auto es de él y los mismos repetidos argumentos. Levanta la voz y me pone de pésimo mal humor.
Me bajo para no escucharlo. Tomo las flores del piso mientras vuelvo a sentir el dolor, el pecho caliente y la sangre en la camisa.
Eduardo espera unos minutos a que me resigne y tome fuerzas... Entonces prende las luces para ayudarme a ver el camino.
Los guardias -claro- no me perciben.
Llego cansado a la tumba y trato de repensar el plan original. Era impecable, no entiendo qué puede haber salido mal.
El frío y los álamos siguen como en una postal inconmovible que me entristece aún más.
A lo lejos escucho el ronquido del auto, alejándose con Eduardo adentro.
Quizás él tenga razón después de todo.
Y mientras la noche se apodera del cielo, maldigo otra vez mi mala suerte.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Siestas

En mis tardes de niño solitario pasaba ratos largos mirando el piso, las baldosas y las manchas azarosas que la humedad formaba con la tierra. Intentaba recrear historias que terminaran fatalmente en alguna de esas manchas caprichosas, de modo que esa forma explicara -cual epílogo- todos los sucesos anteriores de mis historias imaginarias. Así pasaba interminables tardes de siesta a la sombra de algún arbusto generoso. Pero hubo una mancha que me obsesionó desde el primer momento, porque cambiaba de forma con rapidez y me mostraba lo que a mí me parecían caras extrañas de viejos que intentaban decirme algo. Mis amigos se burlaban con razón porque ellos no veían nada y mis gritos de miedo ya los aburrían. Volví varias veces durante años y tarde o temprano la mancha empezaba su aquelarre de viejos sólo para mí. Esta tarde, ya anciano, regreso -quizás- a despedirme de la extraña baldosa en medio de la melancolía de mis últimos días. Pero para mi estupor ya no hay nada en ese lugar. Apenas puedo divisar con esfuerzo, detrás de una ínfima capa de agua, la cara espantada de un niño que me sospecha desde el otro lado.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Origami

Usted agarre un día cualquiera y dóblelo bien por la mitad. Luego lo despliega y hace un pequeño doblez en los bordes más lejanos, cerca de la cena y el desayuno. Cuando lo tiene bien marcado hace un triángulo, tal como muestra la figura, de modo que le quede en la punta superior sus deseos y fantasías más delirantes. En la base, si ha seguido bien estas instrucciones, aparecerán sus obligaciones, horarios y trámites infinitos. Vuelva a replegarlo de modo que cualquier momento cotidiano y aburrido se toque al azar con alguna de sus locuras más inconfesables. Si todo sale bien la existencia de repente tendrá un gusto a picante digno de saborerar. Advertirá, eso sí, que el triángulo intenta todo el tiempo-naturalmente- volver a su forma original. Entonces viene quizás la parte más terrible: y es que usted y sólo usted sabe cómo, dónde y cuándo empezar a doblar sus días.
Épocas

En 1942 tres chiquilines suben a un árbol y les lleva toda la tarde tratar de llegar a unos duraznos exquisitos guarecidos en la rama más lejana. Triunfan en la epopeya (después de interminables estrategias) y tendrán el resto de la vida para recordar la anécdota a riesgo de aburrir a sus familiares y conocidos. En 2015 el mismo árbol ve venir a tres pequeños y estira a más no poder la rama difícil, para sellar otra amistad de antología. Pero esta vez los niños pasan de largo, distraídos por un ruido lejano. El duraznero entonces se retrae y llora -tímidamente- su duelo de tiempos modernos.