domingo, 26 de noviembre de 2017

Sillón 
La escena transcurre con una cotidianeidad que al principio me engaña. 
Una mujer toca el timbre de mi departamento un domingo a la tarde y mi esposa la atiende por el balcón. Se enredan en un diálogo del cual surge que la visitante buscaba -en realidad- a quien ya no vive en esta casa: la abuela de mi esposa. Tráfico mediante, ella le explica con paciencia que su abuela falleció, que su perrita ya no vive en el departamento porque la cuida otra familia y que mejor así...que de todos modos no se preocupe porque la mujer murió en paz, que ya iba por los noventa y cinco. Yo intento leer a unos pocos metros de allí pero no dejo de notar que algún día, más temprano que tarde, alguna anciana amiga de mi esposa preguntará por ella y previsiblemente su nieta le dirá que ya no vive más allí, que una enfermedad larga, que etc, y entonces comprendo que el que ahora lee en el sillón soy yo pero que muy poco falta para que sea el esposo de la que viene, y luego el siguiente, y así hasta que alguien decida demoler el departamento y no sean posibles estos diálogos desde el balcón, que de todos modos se trasladarán a otros ambientes, otras puertas, otros protagonistas, seguramente los domingos por la tarde, que es cuando ocurren estas cosas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Una lástima


Se me ha comunicado ayer por la noche -en un callejón  húmedo y oscuro- que el 7 de septiembre de 2013 exactamente a las 20:16, y por casi tres minutos, en todas las bibliotecas del mundo, siempre contando de izquierda a derecha y ubicados en el anaquel de abajo, el penúltimo volumen -junto con todos los demás en la misma posición- tenían la combinación de palabras exactas que explicaban implacablemente el sentido del Universo y daban la respuesta a todas las preguntas. Aparentemente, y siempre según la misma fuente, la señora Fannigan, vieja bibliotecaria de la librería de la irlandesa ciudad de Galway rompió con esa combinación milagrosa al sacar de su lugar el segundo tomo de la Historia de Catalina la Grande, y limpiarlo por enésima vez sin dejarlo en su mismo sitio. 
Una oportunidad perdida. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Viajes

Esa última vez ya no tenía sentido ir al barrio de mi infancia. Pero no sé, andaba con el auto por las inmediaciones y no resistí la curiosidad... En cuanto llegué, la diferencia era tal que casi hubiera afirmado que esa no era mi cuadra de antaño. Encima, de noche. Todo me resultaba extraño, como fuera de foco, desplazado a un costado de mis recuerdos... El colmo fue ver un teléfono público, como señal irreversible de los nuevos tiempos, empujando para siempre al pasado a mi vieja calle de tierra, mis amigos jugando a la pelota sin atisbo alguno de tráfico, las casas circundadas con árboles incipientes, que ahora eran majestuosos y cubrían enteras las fachadas de las casas... Todo así, casi como echándome del lugar, impidiéndome reconocer los garajes y aquellas cosas por las que distinguía las casas., el color de las rejas, las cortinas de las piezas, el espacio para un pequeño jardincito en el frente y hasta los autos que identificaban con certeza a cada familia.
Mi sensación de invasor en ese lugar tenía sobrada justificación. Quise irme, pero antes me pregunté enojado porqué dejaba pasar tanto tiempo entre una visita y otra al barrio, sabiendo que la consecuencia sería el terrible impacto cada vez que me decidiera a volver... De todos modos, era tarde para cambiar mi política: el degradé de tiempos que hubiera podido aprovechar desde que me fui, se tornaba ahora inútil. Tampoco quise averiguar demasiado sobre la vida de los demás. Intuí que la mayoría de mis amigos ya no vivirían ahí,... y lo más doloroso, que para los nuevos yo era con toda razón un completo extraño.
Estacioné el auto. De cierto modo me reconcilié con el lugar sentándome en un boulevard que era común a todas las épocas. Desde ahí, poco a poco, fueron llegando a mí los recuerdos, como en suaves oleadas. Culpa de la noche, apenas pude intentar reconstruir mentalmente mi casa, que para colmo de males era una de las únicas que había sido reformada. Se me antojó eso como un mensaje del destino, una dolorosa confirmación de que, efectivamente, el tiempo había pasado de modo irreversible. Pero no me intimidé,  mi imaginación volvió a armar el frente con todo el sol de la tarde, nuestro garaje con el Peugeot 404 en la entrada y las grandes piedras ovaladas conformando una especie de valla o pequeño muro que ayudaba a un jardín en altura. El desnivel de la cuadra exigía esas cosas, y cada uno se las arreglaba para quedar bien estabilizado. Me concentré en reconstruir la ventana de mi pieza, con sus rejas negras rectangulares, sus cortinas azules. Cerré los ojos, me adiviné allí dentro, y repentinamente vino a mí la imagen de estar escribiendo un relato sobre el escritorio, pero de inmediato la acomodé a algún recuerdo más propio de esa época, como hacer los deberes o algo así. Era del todo incompatible la imagen de niño con la de escribir cuentos, pero no dejaba de notarme casi empinado sobre la silla y volcado en el papel, con la actitud de inspiración que recién dos décadas después se haría carne en mí, cuando efectivamente empezó la pasión por redactar historias.
Me disgustaba no poder controlar esa imagen. Por más que guiaba mi imaginación hacia otras cosas aledañas de mi infancia que justificaran tal postura, me fui rindiendo gradualmente a ese impulso íntimo. Entonces no pude más que levantarme. Y me dirigí con extrema cautela hacia ese niño de pulóver marrón tejido, que escribía, con decisión propia de un adulto, algo que ya me estaba intrigando. El silencio me permitió caminar con sigilo en dirección a las piedras del frente y subir al jardincito. Temí que él fuera a notar mi presencia, y me acongojaron ciertos ruidos vagamente familiares que denunciaban algún movimiento hogareño. Creo que diferencié la voz de mi mamá en el interior, como en el pasillo o la cocina. Algo como una aspiradora me sirvió para camuflar más el acercamiento, que ya era peligroso..., (me aterrorizaba la posibilidad de asustar al niño). Escuché la voz de mi mamá en un reto indefinido, que se repetía con insistencia pero que yo no alcanzaba a entender. Llegaba a mis oídos algo así como un reclamo para que saliera a jugar con los otros niños, que me dejara de estar encerrado en mi pieza, pero entendí de inmediato que yo ni siquiera atinaba a contestarle porque ya me había dado cuenta... estaba muerto de miedo por el señor que estaba a mis espaldas, observando no se qué.. Ahora sigue ahí, casi puedo percibir la respiración nerviosa, atrás mío, le veo la
sombra, mientras sólo pienso en seguir así, escribiendo, porque el grito llamando a mi mamá y a mi papá no me sale, quiero gritar fuerte y no me sale nada de la garganta, sigo sobre el papel, y ahora tengo miedo de este cuento..., toda esta historia que tantas veces intenté y que recién ahora me estaba saliendo bien, esa historia de cuando sea grande y vuelva al barrio, a visitar la cuadra una noche en auto, que ahora ya ni sé cómo seguirlo..., ya no me interesa y tengo miedo, ahí en el cuento es de noche, distinto de ahora, que es plena siesta, con los chicos jugando a la pelota, toda tranquila la cuadra, y yo con esa sensación de que hay alguien atrás mío... aunque por ahí son fantasías mías, y por eso a veces me reta mi mamá, que dice que leo mucho y después tengo pesadillas..., pero esta vez no, no me voy a mover porque sé bien que ahí atrás hay un hombre, hay alguien justo en la ventana que me mira mientras escribo, y mi mamá que me grita pero no voy a moverme de la silla, me da miedo, parece una tontera, pero yo sé que desde hace rato hay alguien en la ventana que me está mirando.

lunes, 21 de agosto de 2017

Perder

Cuando me traigan la cuenta esta historia habrá terminado. Pagaré con discreción y revisaré nuevamente las caras de los comensales del bar procurando que ninguno sospeche de mí. Sé bien que no deberían siquiera imaginar lo que he vivido, pero aún me tiemblan las manos y no quiero dejar el menor resquicio de algo anormal en mi aspecto.      
Repaso mis últimos minutos en la Clínica de la esquina y trato de garabatear en este cuaderno lo que acaba de partir mi vida en dos, así sin más. 
Héctor era uno más en la cuadra. Alguna vez incluso fuimos amigos cercanos, según recuerdo. 
Todos sabíamos que tarde o temprano conseguiría un empleo y que su vida no sería ni más ni menos que la de cualquiera de nosotros. Cierta vez me recomendó el Fausto y creo que una colección policial. Esa charla fue nuestro último contacto antes de que me fuera del barrio. Supe que anduvo un tiempo con Liliana -mucho después de que terminara mi noviazgo con ella-, de modo que decidí perdonarlo de algún modo cuando llegué a visitarlo a la Clínica. 
Mis días de periodista en San Telmo me alejaron mucho tiempo del Tigre de mi infancia y recién volví cuando me enteré del cáncer de Héctor. Ahora entiendo que también vine para reencontrarme con los de la cuadra y -quizás- saborear el gusto del triunfo cuando me preguntaran por mi vida. Pero no hubo mucho de éso, la verdad. Apenas éramos cuatro o cinco y la madre, Doña Helena, perdida siempre en sus rezos y en el diálogo casual con las vecinas que venían a darle sus condolencias. 
Los médicos eran pesimistas y el lúgubre silencio de ese nosocomio de barrio apenas si daba para insistir por la vida del pobre Héctor. De algún modo todos habíamos decidido que muriera, y que sólo era cuestión de tiempo. Su jefe, dueño de una pequeña empresa, apenas si apareció a visitarlo un par de veces. No me costó entender que ya había algo entre él y la novia de Héctor. Doña Helena incluso me lo confirmó con una mirada lacerante cierta tarde de viernes, al despedir a la novia.
El almanaque era impiadoso y me di cuenta que la enfermedad de Héctor era degenerativa cuando su rostro empezó a mutar en algo pálido, blanduzco y lleno de imperfecciones. Preferiría omitir detalles morbosos, pero también quiero que se entienda cómo a través de los días el rostro y el cuerpo de Héctor se desgajaban en algo desagradable, con escaras, por momentos inhumano. De a poco los ocasionales visitantes fueron dando excusas para dejar de ir. No quise saber demasiado de las explicaciones que cada uno ensayaba y al ver a la madre sufrir ante semejante abandono decidí esperar el final, aún a riesgo de llevarme en la retina hasta qué punto es capaz una enfermedad de terminar con alguien. Incluso me pareció notar que la propia madre venía algunas horas menos por día, pero -claro- no le dije nada.
El jueves por la noche era evidentemente el final. No había que saber mucho de medicina para entender que de ésa ya no pasaba. Me incomodó no ver llegar a la madre puntual a las 8 como cada jornada, y me resigné entonces a ver morir un hombre. Allí, en medio de una clínica de barrio, se produciría el evento más común e inevitable de la historia de la humanidad, y yo sería su único testigo. Me acomodé en el sillón viejo que me acercaron los enfermeros, me cubrí con el saco y miré por última vez a Héctor, que ya no era ni parecido a quien yo alguna vez conocí. Opté por dormitar hasta que llegara el momento irreversible y distinguí los tacos de la madre acercándose por en el pasillo, recién cerca de las 11.  Ella no quiso entrar a la habitación y entendí que ya no podía verlo así. Le hice una seña a través del vidrio sucio y me miró con la calma de quien sabe que ya todo termina. 
El primer gesto extraño de Héctor fue a las dos de la mañana. Me susurró desde su cama algo que no entendí, y si bien al acercarme logré descifrar que necesitaba que lo pusieran de costado, advertí en su cara algo parecido a un gesto nuevo, distinto, como de alguien con pómulos más anchos y cara levemente redonda. La oscuridad no me dejaba inspeccionar demasiado y lo acomodé como pedía. Luego me despertó -cerca de las cuatro- para que le alcanzara un vaso de agua. Noté su voz más firme y sin los balbuceos a los que ya nos había acostumbrado. Al pasarle el vaso se incorporó sin tanto esfuerzo, lo que al mismo tiempo me reconfortó y extrañó. Intenté avisar a la madre a través del vidrio pero constaté que dormía profundamente. Volví entonces a mi sillón especulando con que la mejora era quizás esa leve sensación de vitalidad que a veces experimentan quienes están por morir, una suerte de despedida que la naturaleza le brinda a los que agonizan. 
Recién a las seis y media desperté. La enfermera me alcanzó un té con galletitas mientras abría la ventana para dejar pasar el sol de la mañana. Se fue sin decir palabra. Con asombro confirmé que Héctor, aparentemente más repuesto, me miraba sonriente. Advertí sus pómulos grandes -ahora sí a plena luz- y junto con eso, todavía en medio de imperfecciones, ciertos rasgos que me parecían nuevos: la frente más ancha y los ojos menos separados. Me hablaba con buen ánimo, sobre todo para agradecerme que hubiera pasado la noche con él. De inmediato quise despertar a la madre pero en cuanto me asomé al pasillo noté que la mujer se había ido. Imaginaba su emoción al regresar y comprobar ver que su hijo, evidentemente, estaba mejorando. Estuve un rato en el pequeño buffet de la clínica mientras curaban a Héctor y me permití después de eso fumar en la vereda para de paso esperar a los muchachos de la cuadra. Pero al rato nadie aparecía y volví a la habitación.
Lo visitaba una mujer que hablaba con él y le tomaba la mano y a quien yo no había visto antes. Héctor seguía de mejor aspecto y aproveché un control de los médicos para preguntarles por esta recuperación. Se excusaron  con no sé qué urgencia aunque parecieron no entender bien de qué les estaba hablando. A las diez ya me preocupó la ausencia de la madre y caminé las dos largas cuadras que nos separaban de su casa, pero nadie atendió. Una vecina me confirmó que la había visto salir temprano rumbo - según creía- a la clínica, como hacía todas las mañanas desde hacía meses. Volví resignado y cuando entraba en el pasillo decidido ya a despedirme de Héctor para volver a mi trabajo noté que su habitación, además de la mujer (que parecía haber tomado control de la situación) se había llenado de amigos que yo nunca había visto. Entendí -con nostalgia- que después de la infancia uno construye una vida separada de los amigos de la cuadra, y me sentí aún más ajeno que nunca a la situación. Opté por buscar mi abrigo apoyado en el sillón y noté que Héctor, algo distante, me extendía la mano para saludarme. En ese instante advertí que su cara ya casi no era su cara, y que su voz había mutado en algo áspero y grueso, alejada por completo a la que yo le escuché toda la vida. Los amigos hicieron un silencio incómodo, y entendí que estaba de más en esa habitación. Consternado, volví a la casa de su madre pero otra vez esperé en vano que alguien me atendiera. Esta vez ni siquiera la vecina salió a aclararme nada.
Caminé confundido y asustado hasta este viejo bar, y empecé a garabatear estas pocas líneas que al menos logran calmarme un poco. 
Pido otro café y espero con paciencia ver aparecer la silueta del larga distancia que me llevará otra vez a la ciudad, a la rutina y la normalidad.  
Sé que era Héctor el de anoche. Y que lo vi agonizar durante días enteros. Sé también que en algún momento fui -junto con su madre- el que tenía autoridad en esa habitación, y que de a poco me lo sacaron todo. 
Pero estoy cansado.
Arrugaré estas hojas, que seguro terminarán en la basura antes de que tome el micro, y de a poco intentaré volver a mi normalidad.
Lamentaré todo el viaje de vuelta -eso sí- haber perdido a Héctor.

viernes, 21 de julio de 2017





Viaje

Nunca supe el nombre del castillo. Intuir desde la infancia que quizás estuviera en el norte de Escocia redujo notablemente las posibilidades, pero aún así son muchos. Desde hace meses analizo en la biblioteca fotos y planos viejos pero ninguno me da la pauta de ser el indicado. Por eso, luego de esta repentina corazonada, he decidido viajar. 
Siempre será mejor en barco, aunque demore más. Los aviones no me dejan pensar con claridad y me llenan de estrés…Las buenas ideas llegan a menudo en medio de la calma, y saber que cuento con muchos atardeceres en la cubierta del barco me llena de dicha.
Mi única tía no cumplió con su promesa de ir a despedirme, pero ya estoy viejo y casi no hay lugar para los reproches. Me reclino con un café en la mano y ya adivino el primer crepúsculo.
Por más que intento distraerme no puedo sacar de mi mente el perfil del castillo. Creo recordar algunos olores lejanos y quizás enormes paredes humedecidas en una de las salas. Pero nada más. En mis recurrentes sueños, cuando estoy por abrir la puerta del hall principal, inevitablemente me despierto y eso me llena de mal humor.
Sé que mis antecedentes en la cárcel no ayudarán al momento de la aduana escocesa pero vale la pena correr el riesgo. Intentaré luego mezclarme en el castillo con algún grupo de turistas y disimularé la grave emoción en la garganta cuando -por fin- se abra esa enorme puerta.
No muchos minutos después, intuyo, sabré cuál de todos los fantasmas fui.
Procuraré recordar mi nombre cuando salga puntualmente de los labios de la guía turística. Hasta quizás haga algún comentario ameno al grupo para que nadie sospeche de mí. Y sé también que reconoceré mi húmeda sala cuando llegue a verla, y que de algún modo se las ingeniarán los guardias y la guía para justificar mi definitiva ausencia sin perder sus trabajos.
Volveré a la calma de las noches, a los libros de la biblioteca abandonada y al gozoso silencio que trae la última puerta que se cierra puntual cada noche, cuando se van los contingentes de turistas. Procuraré con los años encontrar el libro que me jugó la mala pasada, me llevó a ese país del sur y me dio un nombre, una familia y un pasado tan extraños a mí.
Con el tiempo -sin dudas-  olvidaré todo, seguiré mi vida de milenario espectro y procuraré leer en la sección de los libros malditos con más cuidado.
Hay para los fantasmas como yo pesadillas tortuosas, pero ninguna como convertirse en hombre de carne y hueso, disimular por décadas una familia y un apellido, y recorrer los días amargos errando por las calles como un espíritu sin destino.

Ya diviso la costa escocesa.
Nadie me sospecha, y todo -por fin- termina.

domingo, 16 de julio de 2017

Volver

Hernán era de una inteligencia dura, lógica, por momentos áspera. Respondía a cánones de razonamiento impiadosos, y si algo no le cerraba te lo decía sin mayores rodeos, te soltaba el asunto en la cara y se acabó.
Lo cierto es que asistíamos otra vez al horroroso crimen en Luján, tan lejos de nuestro pueblito y ocurrido hace ya tantos años... Había pasado de boca en boca, de libro en libro, y ahí estábamos todos, regodeándonos con detalles que a veces inventábamos con tal de tener algo de protagonismo en las interminables cenas en lo de mis abuelos. Todos querían agregar algo al remanido asunto del triple disparo, la escalera curva y el doble techo que fascinó a investigadores y policías durante décadas. Yo -de puro discreto- no dije nada esa noche porque sabía que Hernán intervendría tarde o temprano, no mucho después de que empezara el relato del célebre asesinato de los Aguirre.
Era tercer día de nieve, hubo asado, locro y grapa como en casi toda esa época.
Ladino, deslicé el tema cuando respiré que la noche se caía y -como siempre- la palabra inicial la tuvo el abuelo.
Era un momento que se había ganado porque nadie iniciaba el relato como él. Incluso recuerdo esa pausa de grapa breve y respiración entrecortada, que era lo menos que semejante historia se merecía. A partir de ese momento no había interrupción posible, ni en la misa de los domingos se palpaba así el silencio.
El abuelo se tomaba todo el tiempo para describir a los personajes, a las víctimas y daba tres o cuatro pautas de las que nadie podía salirse sin faltarle el respeto: los nogales afuera de la casa, los caballos robados y la necesaria complicidad del comisario con algún que otro robo en la zona que dejaba pasar por alto a cambio de algún retorno. Así marcaba el viejo el inicio del relato, y recién a los diez o quince minutos empezaban a tomar la palabra los demás. Creo que a esa altura ya no había un orden preestablecido, pero los más chicos hacíamos silencio hasta que nos guiñaban o nos daban un pie para meter bocado.
A nadie se le escapaba que Hernán era el invitado esa semana, de modo que todos trataron de lucirse en el relato, como si fuera la primera vez que lo contaban.
Creo que fue cuando hablaba mi primo Ezequiel que Hernán hizo la primera pregunta. A nadie se le movió un pelo, porque cada tanto los invitados querían saber más detalles del episodio sangriento y de las traiciones, de modo que le contestaron con cortesía y un cierto desinterés. Pero yo sabía que Hernán empezaba a tejer la tela de arañas lógica a la que nos tenía acostumbrados y que su pregunta más que de curiosidad pasajera era el indicio de un castillo de abstracciones y reglas inmutables que pacientemente armaba. Su tono educado cayó bien en la familia, y el relato entonces  siguió en boca de otros. Yo contaba los segundos para escuchar la siguiente pregunta de Hernán, que no tardó en llegar. Alguien del fondo le contestó con autoridad y así siguieron con nuevas grapas y entusiasmo, desgranando detalles sobre asunto del techo doble -que era un momento exclusivo de mi abuela- y los odios enfermizos entre los pobladores de Luján y los Aguirre, que no hacían mucho tampoco por hacerse querer.
Hernán, con toda calma y decisión fue preguntando detalles que jamás nos habíamos cuestionado. El clima empezaba a ponerse tenso pero como mi madre conocía mucho a los padres de Hernán había una especie de código de no agresión flotando en el aire y él pudo seguir con su metódico cuestionario. Yo me relamía porque sabía que tarde o temprano iban a llegar las incoherencias en la historia y las discusiones. En efecto, en el episodio del primer disparo aparecieron respuestas contradictorias y un cierto malestar familiar en un grupo que repentinamente se veía humillado por un chico de catorce años, que con tres o cuatro preguntas hacía temblar todo el relato del asesinato. Vi con placer como aparecían en la cena dos o tres libros que relataban el suceso y que eran consultados con enojo frente a las incisivas preguntas de Hernán. Casi a las cuatro de la mañana, cuando toda la plana mayor en mi casa caía rendida ante las inconsistencias de la historia mi abuelo me miró con reprobación y con un gesto de él entendí que jamás lo podría volver a traer. Me llamó aparte y - para mi sorpresa- le dijo a Hernán que se acercara. Él obedeció en silencio y mientras notábamos que todos se ponían los abrigos para irse en medio del enojo y el desánimo, el abuelo tomó la palabra.
-Me imagino que tu amigo es de la zona... - empezó sin mirarlo. 
Después respiró profundo y siguió
- Vos ya sabés lo importante que es esta historia para nosotros, el tiempo que llevamos llenando las veladas con el asunto, y que  todos más o menos la conocemos con buen detalle.
Hizo otra pausa. Hernán permaneció mudo.
- Hay momentos en la vida en que conviene no hacer más preguntas - sentenció.
Se terminó la grapa que le había acercado mi abuela, corrió la silla como para volver a la cabecera de la mesa, y nos dio la espalda.
Sentí vergüenza por Hernán y le hice una seña para que nos fuéramos a la pieza.
Desde aquella vez nunca más se contó la historia del asesinato en la casa de mi abuelo. Sé que alguno cierta vez lo intentó, pero se ganó una mirada de reprobación inmediata.
Hernán, por supuesto, no volvió a pisar la finca de mi abuelo, y yo me gané la desaprobación general durante varios veranos.
Pero yo sabía que las preguntas eran de una lógica irrebatible, que el asunto de la escalera curva y el segundo disparo no podía de ningún modo explicar con mínimo sentido común a las corridas por los pasillos y la muerte del mayor de los Aguirre (antes que los demás) en el primer piso de la casona.
Hernán se ganó mi respeto esa noche, a pesar del silencio de mi abuelo, del enojo de mis hermanos y la reprobación de mi padre. La única que me acompañó con la mirada cómplice fue mi madre, que con total discreción siguió las preguntas de él esa noche y que -ya muy viejita- me confesó que la mamá de Hernán, su íntima amiga, había insistido en que nos conociéramos, en que él pasara el verano con nosotros y en que -si aparecía otra vez el tema- llenara de cuestionamientos el relato del asesinato hasta hacerlo trizas, porque eso y sólo eso le permitiría vivir de una vez en paz, destruir el mito de esa masacre en Luján y dejar entrever que quizás el episodio no fue tal, que por más que quedara impreso en libros y diarios amarillistas de la época llegaría una noche de justicia en que Hernán Aguirre, directo descendiente de las víctimas -tanto como su madre- se encargaría de rebatir la historia al punto de borrarla de la misma historia, y de lograr que yo viajara obsesionado un tiempo después hasta Luján e inútilmente intentara averiguar entre los perplejos lugareños por un episodio sangriento que desconocían, episodio que lenta e casi imperceptiblemente fue desapareciendo de los libros, de los diarios y de la memoria de la gente, hasta, por último, jamás existir.

viernes, 14 de julio de 2017

Un gran secreto

Lucía, a pocos metros de donde vanamente intento escribir un policial, aprende a leer. Ha traído al living (lo que yo pensaba un refugio para aislarme) al menos cinco libros para niños y repite en voz alta frases simples, pero que me aturden y se mezclan con este intento de relato. “Leo trabaja la loza”, dice. Y no puedo evitar empezar a pensar en Leo, su posible historia, su familia. “Así todos los días”, declama Lucía, “…los sábados un buen descanso. Elsa tiene un gran secreto”, añade. Y después de unos minutos mi incipiente relato policial del Buenos Aires del siglo XX se tiene que remitir con resignación a Leo, a Elsa y al resto de los elementos que Lucía tira al living con total desconsideración por mi escasa concentración.
Ahora se enoja, incluso, por no poder pronunciar algunas palabras y mientras tanto a mí no me queda más remedio que entender que todos ellos serán los dueños de la trama, que Lucía -en rigor- me está dictando el relato.
“Todo el reino enlu.... remiendo”, arriesga. Intento abstraerme y no permitirle meter en estas letras más personajes ni escenarios, pero es una batalla silenciosa que ella gana sin siquiera saberlo. Por ahora, sin renunciar al género, sé que tengo un previsible asesinato durante una noche cerrada en pleno centro de la ciudad, y que Elsa seguramente está por pagar con su vida algo que Leo no le perdona, o que intentará no perdonarle.
Pero aquí se derrumba todo, porque mientras advierto que él sale de su taller en busca de la venganza tan deseada y ella camina despreocupada porque aún queda algo de luz en la ciudad de los tranvías, prefiguro que el policial, para dejar algo de paladar en los lectores tiene que terminar con un charco de sangre, sombras furtivas escapando de la escena, el cuerpo al día siguiente en la primera plana del diario de la tarde y muchas almas en pena. Entonces entiendo que Lucía es la única que puede cambiar el curso de las cosas, que del mismo modo que Leo y Elsa son hijos de su lectura incipiente, el buen final también obedecerá a alguna palabra al azar que decida pronunciar en voz alta. 
Pero advierto que ya es tarde...la impaciencia de los niños, hija de las máquinas y de esta locura cotidiana, ha hecho el resto: ahora se le ha ocurrido escribir un cuento y solo me interrumpe para preguntarme “si castillo va con doble l”, lo cual no me sirve de nada. Leo entretanto desaprueba cualquier intento de cambio y se dirige -lleno de resentimiento cuyas causas desconozco- hacia la esquina donde sabe que ella pasará con su vestido de flores azules que algún otro seguramente le compró. Hago una pausa para permitirle a la niña decir algo que me permita salvar a Elsa, pero sólo me llega el silencio porque está concentrada en su propio relato. Me resigno entonces a las últimas frases. Elsa me sospecha, aterrada, y sigue caminando por la vereda desierta, resignada a su destino....el luctuoso destino que se asoma por sobre el atardecer que ya es noche, y hace una mueca de ironía.
Con pesar noto que Lucía se ha ido del living en medio de una pelea con su hermana y cualquier esperanza se diluye. Los últimos pasos son cada vez más sonoros: Leo y Elsa cumplen cabalmente con su lógica de esquina policial. La sangre femenina ya se prepara para desparramarse. El relato exige venganza, muerte y detectives. Elsa me mira implorando piedad pero entiende que no soy nadie en esta trama. Leo avanza despreocupado los últimos metros y ya levanta en su mano derecha el arma asesina. 
Desesperado, apenas tengo tiempo de especular con dejar de escribir esta historia, pero la fatalidad se impone. Asisto, unos minutos después, al cuerpo inerte, al momentáneo silencio de la urbe, a los pasos huidizos.
Me resigno al cruento final, dejo la máquina de escribir y busco entre los libros de Lucía a los personajes que azarosamente pronunció. Me conmueve verlos en otra historia, como amantes apasionados… Leo trabajando la loza, Elsa con su vestido de flores azules, y su gran secreto.