Medio llena
Mi vida tampoco es algo digno de elogios, es cierto..., pero no sé..., llegar a lo que ha llegado el viejito ése es algo que no podría soportar. Sólo de pensar que cada noche su única compañera es esa botella de tinto en esta gigantesca Buenos Aires me llena de impotencia. Pero bueno…, las ciudades le oprimen a la gente el corazón hasta el límite, y cada uno hace con su vida lo que puede. Lo que más me llama la atención es el asunto este de los jueves, lo de la bandeja con el mantelito rojo. No puedo entender de dónde saca plata para el traje y para el Malbec 84 que siempre pide..., pero Don Jorge, el patrón, dice que cada uno tiene sus cosas, y que mejor respetarlo y dejarlo tranquilo mientras pague.
Retengo nítidamente la primera vez: nos llamó con un suave ademán a su mesa, explicó bien el asunto y luego aclaró que nunca más hablaría del tema. Me molestó que se hiciera el enigmático, pero parecía tener todo muy claro: jueves por medio él mismo pasaría a buscar por el mostrador la botella en la bandeja con un mantelito rojo y desde ese instante no quería interrupciones de ningún tipo. Sólo cuando por su propia voluntad se levantara de la mesa se terminaba el asunto, de modo que cualquier intervención mía como mozo quedaba anulada: él iría siempre hasta la caja a pagar (me dejaba buena propina, por raro que parezca). Sacó entonces un billete de los grandes y mandó a comprar la caja de Malbec que por supuesto habría que guardar y separar para que la fuera tomando solo él.
Nunca dijimos nada, pero los jueves tenían algo especial en el Café. Con el patrón no podíamos dejar de observarlo, y nos incomodaba mucho cuando empezaba a hablar solo, gesticulando sin la menor vergüenza y a veces levantando bastante la voz. Los demás clientes lo miraban y muchos se reían, pero nadie decía nada.
De algún modo lo cuidábamos, porque siempre fue muy respetuoso y no molestaba a la gente. En los interminables silencios yo intuía que el patrón lo observaba de un modo particular, como con una agudeza que le permitía percibir detalles especiales que a los demás se nos escapaban. Varias veces quise preguntarle sobre el pasado del viejo..., si lo conocía de antes y cosas así, pero sé bien que no le gustaba hablar demasiado... De todos modos, si uno sabía mantener el silencio, de a poco soltaba algunas cosas..., y bien sabía yo que esos jueves, con semejante personaje a la vista, era posible enterarse de algo interesante.
La espera, que duró mucho, valió la pena. Con ayuda de algunas copas me dijo lo del amigo del viejo que había muerto, y que con él cada tanto se sentaban en esa misma mesa y discutían sobre arte, literatura y cosas interesantes, aunque a veces lo cansaban porque se quedaban hasta muy tarde. Yo me moría por preguntarle más detalles, pero sabía que era inútil. Finalmente, lo de la muerte del amigo fue todo lo que supe. Lo cierto es que el viejito acaparaba nuestra atención por la convicción y tranquilidad con que cumplía todo el ritual.
El tiempo fue pasando y una noche nos dimos cuenta que sólo quedaba la última botella, y hasta la mitad. Aunque decidiera beber con moderación, esa noche debía ser, lógicamente, la última. No comentamos nada del asunto, pero sabíamos que bien podría no volver más. La botella, la bandeja y los demás esperábamos ávidamente a que dieran las diez de la noche para verlo llegar. Por suerte no había mucho movimiento en el Café. Creo recordar en la radio algo de Piazzolla, muy de fondo. De repente entró, dejó el abrigo en la silla y se acercó donde estábamos. Levantó la bandeja y antes de enfilar para su mesa miró la botella con detenimiento.
- ¿Usted... la ve medio vacía o medio llena…? – me preguntó sorpresivamente, con un dejo de enojo que no alcancé a comprender, como si quisiera enseñarme algo evidente.
No pude decir nada. Lo miré a él y a la botella varias veces. Decidió irse a la mesa antes que le contestara alguna tontería para salir del paso.
Cambié de lugar en el mostrador, ubicándome lo más cerca que pude de su mesa, en una esquina con poca luz. Estaba angustiado por su pregunta y entendí que necesitaba algunas respuestas para mi propia vida. El patrón no me decía nada. Suavemente, afinando mucho el oído y aprovechando el silencio del Café, empecé a adentrarme en lo que el viejito balbuceaba. Era extraña la fluidez con la que parecía estar hablando con alguien. Los cortes, las interrupciones y los gestos daban toda la idea de que en esa silla vacía había alguien contestándole. Cerré los ojos y por un momento me pareció asistir también a lo que le decía su interlocutor. Pero eso duró apenas unos instantes: fue abrirlos y otra vez volver a la realidad de los clientes que llegaban, el apuro de los pedidos y al trajín de esta incansable ciudad, que pareciera no querer darme paz ni un instante...
No hay caso..., mi entrañable Madrid no da respiro, y así me imagino que serán todas las grandes ciudades... Y aunque le he dicho al dueño que me permita estar cerca del tipo unos minutos porque me da curiosidad cuando empieza a hablar solo, sé que el poco tiempo que alcanzo a paladear sus frases argentinas le cuestan al restaurante algunos clientes malhumorados y todo un desajuste en la atención de las mesas.
Todo lo que saben del tipo acá fue que se vino desde Buenos Aires luego de la muerte de un amigo de toda la vida. Habla muy poco con la gente y se sienta, jueves por medio, siempre en la misma mesa. Nunca le han dicho nada por temor a interrumpirlo. Le hemos cobrado cariño, y lo miramos con la ternura de quien asiste a la interminable soledad, a la locura..., al último recurso de quien a falta de alguna compañía no tiene otra opción que ponerse a hablar solo.
lunes, 18 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
Bastón
De niño jugando con él una y otra vez, tirarlo, volverlo a acomodar, escuchar los retos del abuelo, ponerlo en su lugar. De joven mirarlo con esa indiferencia de las cosas que jamás vamos a utilizar porque sencillamente somos eternos. De grande ver cómo algún escritor famoso usa el suyo para apoyarse y para tener estampa de sabio. Ahora, en la cama, en mis minutos agónicos y finales, imaginarlo apoyado -como desde siempre-, en el mismo lugar de mi niñez, con la elegante inmortalidad de los objetos que nos ven pasar por la vida ejercitando esa piedad milenaria que sólo ellos pueden tener.
sábado, 9 de mayo de 2015
Don Torres
Se declara livianamente que la batalla de Maipú fue
en tal año, que tuvo tal o cual modalidad y que vio ganar a cierto
ejército. De ese sencillo modo la ubicamos -seguramente- en algún
nostálgico momento de la escuela primaria, hace ya tiempo perdida en la
infancia, y nos quedamos tranquilos pensando que San Martín y Chile, que
el mapa, que la bandera, que las bajas realistas, por lo que sin mayor
conflicto cambiamos de tema. De ese modo, entonces, encadenamos con
el asunto que sigue y así es como guardamos todo en miles y miles de
estantes, con pequeños rótulos... la batalla de Maipú, el precio del
tomate, el asesinato de Kennedy, la poesía de Storni, el recorrido del
8. Nos tranquilizan y nos hacen especialistas en los más variados
tópicos. Pero Don Torres quedó estancado allí, no pudo superar la
batalla de Maipú, disculpen que insista. En cuanto se enteró del asunto
(la leyenda dice que extrañamente fue ya de grande, en el campo, en una
nocturna charla con su abuelo) no pudo sustraerse jamás a estudiarla,
intentar revivirla, fabricar uniformes y armas, escribir sobre ella,
hablar y hartar a sus familiares y amigos sobre el tema, sumar
divorcios, urdir bibliotecas y buscar anécdotas hasta el cansancio, al
punto incluso de hacerla más trascendente de lo que fue.
El pueblo
lo odiaba. Toda su existencia fue devorada -inexplicablemente para
nosotros- por esa batalla sanmartiniana, hasta que murió. Los deudos en
presumible venganza se rehusaron a hacer cualquier mención en su lápida
sobre semejante obsesión, pensando de ese modo liberar de una vez a Don
Torres del flagelo que se lo llevó en vida. Con tranquilidad y alivio
dejaron el cementerio ese día, y se prometieron jamás volver a mencionar
la batalla, (lo que, irónicamente, no hizo más que volver a traerla a
su recuerdo personal una y otra vez.)
Cada uno siguió con su vida.
Médicos y psicólogos ensayaron explicaciones insuficientes sobre el
síndrome de Don Torres, y más de uno a partir de entonces vivió con el
temor de ser absorbido por algún tema, para nunca más poder dejarlo.
El universo acecha, y tarde o temprano nos tragará sin piedad el asunto
que fatalmente nos ha elegido, y que en algún lugar nos espera con
milenaria paciencia. O quizás ya estemos en él, sin advertirlo.
viernes, 8 de mayo de 2015
Pareja
Fue muy pero muy de noche, en la calle 9 de julio de mi ciudad, en pleno frío a los gritos y puteadas.
Agradezco ahora que ningún policía curioso haya llegado a tiempo a interrumpir el espectáculo como resultado de alguna denuncia de vecinos malhumorados.
Cómo se insultaban, Dios. Ella lloraba, él le decía barbaridades de un calado tremendo, y todo se perdía en el cajón frío que formaban la calle y los edificios. Ni un auto estacionado.
Yo era un alma errante buscando vaya a saber qué respuestas -que aún no hallé- y de repente me encuentro la batería de insultos y gritos.... No atiné a esconderme porque seguro ni me percibían. Pero intuyo que después de eso volvieron. Había mucho amor y demasiado reclamos en esos gritos. Energía negativa, pero energía al fin, que en algún momento debe haber mutado en reconciliación apasionada.
Ahora cada tanto recorro esa misma calle, pero tengo veinte años más. Probablemente los cruce en el centro como matrimonio, con hijos, o separados, juntos o de a uno. Jamás voy a saberlo. El melenudo gritón que la volvía loca con sus reclamos debe ser ahora un señor desencantado que paga impuestos y va a buscar los chicos a inglés.
Me queda alguna esperanza de volver a escuchar esa pasión de gritos desorbitados, pero para eso tengo que merodear las calles a las tres de la mañana... Imposible. Ahora suelo ir tipo nueve o diez de la noche, como mucho en busca de una farmacia abierta, ya cerrando la jornada, en ese circuito de comodidad infernal donde todo es aburrimiento, y despertadores y obligaciones infinitas.
Fue muy pero muy de noche, en la calle 9 de julio de mi ciudad, en pleno frío a los gritos y puteadas.
Agradezco ahora que ningún policía curioso haya llegado a tiempo a interrumpir el espectáculo como resultado de alguna denuncia de vecinos malhumorados.
Cómo se insultaban, Dios. Ella lloraba, él le decía barbaridades de un calado tremendo, y todo se perdía en el cajón frío que formaban la calle y los edificios. Ni un auto estacionado.
Yo era un alma errante buscando vaya a saber qué respuestas -que aún no hallé- y de repente me encuentro la batería de insultos y gritos.... No atiné a esconderme porque seguro ni me percibían. Pero intuyo que después de eso volvieron. Había mucho amor y demasiado reclamos en esos gritos. Energía negativa, pero energía al fin, que en algún momento debe haber mutado en reconciliación apasionada.
Ahora cada tanto recorro esa misma calle, pero tengo veinte años más. Probablemente los cruce en el centro como matrimonio, con hijos, o separados, juntos o de a uno. Jamás voy a saberlo. El melenudo gritón que la volvía loca con sus reclamos debe ser ahora un señor desencantado que paga impuestos y va a buscar los chicos a inglés.
Me queda alguna esperanza de volver a escuchar esa pasión de gritos desorbitados, pero para eso tengo que merodear las calles a las tres de la mañana... Imposible. Ahora suelo ir tipo nueve o diez de la noche, como mucho en busca de una farmacia abierta, ya cerrando la jornada, en ese circuito de comodidad infernal donde todo es aburrimiento, y despertadores y obligaciones infinitas.
sábado, 2 de mayo de 2015
Silencios
Me dicen que a medio camino entre el museo y la
playa está la casita del viejo, pero que ni se me ocurra tocarle la
puerta. Asiento con obediencia mientras guardo la foto y la dirección
exacta que me anotaron. Procuro no levantar sospechas. Me detengo un
rato en la plaza para asegurarme que nadie me siga y alcanzo a ver que
en la casa del viejo está encendida la luz trasera del patio.
El silencio lo llena todo, las olas y las gaviotas son parte del arrullo sonoro que mece al pueblo cada noche, y la gente ya empieza a cerrar la jornada.
Quedan pocas luces.
Me envalentono con un poco de whisky y salgo al inevitable encuentro
con mi padre. Son casi treinta años de desencuentros y silencios. Pero
la enfermedad me sigue como perro hambriento, y ya es hora de que mi
secreto tenga -al menos- un corazón más en el cual guarecerse.
Toco
con decisión la puerta añosa y húmeda de tanto mar. Nadie atiende.
Insisto impaciente. Escucho entonces unos pasos y de repente una cabeza
llena de canas y arrugas apenas asoma tras el pequeño ángulo que permite
la cadena.
Me doy cuenta que no me reconoce. No dice nada y me mira
de arriba a abajo, con el ceño fruncido. Tengo tiempo para tomar muchas
decisiones en ese pequeño instante.
Sin dejar de mirarme -ni
pronunciar palabra- va cerrando lentamente la puerta hasta que la vieja
madera otra vez nos divide, esta vez para siempre.
Suena el mar incesante. Me gana la tristeza de toda una vida y decido alejarme.
Apenas escucho su caminar en el interior de la casa y algún ruido de ollas y cubiertos.
El sol se pone, la arena ya espera mis pasos.
viernes, 1 de mayo de 2015
Memoria
La anciana siempre pensó que eran sólo pesadillas. Jamás lo comentó con nadie y ellas la acompañaron con fidelidad durante toda su vida. Pero ya era hora de averiguar cómo esa vieja casucha era tan parte de su memoria como cualquier otra cosa.
Sacó sin hacer ruido el auto y enfiló hacia el bosque. Era domingo por la mañana, estaba soleado y la reciente muerte de su esposo la dejaba sola como para que ya nadie controlara sus movimientos. Dos hijos en Sydney y casi nadie de este lado del mundo le aseguraban tranquilidad.
No dudó en la tercera curva y dejó el auto cerca de los primeros árboles. Los sonidos del bosque y la humedad de los primeros arbustos le hicieron sentir una familiaridad que la asustó. Estaba sola. Nadie se aventuraba por ese bosque de caminos de tierra si no era en una excursión o al menos acompañado.
Sus temblorosos pies tampoco dudaron en tomar el camino largo y cobrizo. Unos gritos llegaron a su mente desde lo más profundo de la nostalgia. Era su inconfundible voz de niña.
Unos minutos después, debajo de malezas y oculta entre dos árboles enormes apareció la casucha de la infancia. No tuvo reparos en llorar, aún en soledad. La manija, de madera blanca, se mantenía intacta.
Repentinamente las nubes y el bosque se combinaron para hacer del lugar algo aún más lúgubre.
Hizo un instante de silencio. Ni siquiera la acompañaban ahora los gritos de la niña que fue.
Acercó la mano a la manija, con la íntima certeza de que era lo último que hacía en este mundo.
La puerta obedeció aunque oponiendo una suave resistencia por tantos años de estar cerrada.
La anciana notó entonces que alguien ayudaba a abrirla desde el lado de adentro, y se le paralizó el corazón.
La anciana siempre pensó que eran sólo pesadillas. Jamás lo comentó con nadie y ellas la acompañaron con fidelidad durante toda su vida. Pero ya era hora de averiguar cómo esa vieja casucha era tan parte de su memoria como cualquier otra cosa.
Sacó sin hacer ruido el auto y enfiló hacia el bosque. Era domingo por la mañana, estaba soleado y la reciente muerte de su esposo la dejaba sola como para que ya nadie controlara sus movimientos. Dos hijos en Sydney y casi nadie de este lado del mundo le aseguraban tranquilidad.
No dudó en la tercera curva y dejó el auto cerca de los primeros árboles. Los sonidos del bosque y la humedad de los primeros arbustos le hicieron sentir una familiaridad que la asustó. Estaba sola. Nadie se aventuraba por ese bosque de caminos de tierra si no era en una excursión o al menos acompañado.
Sus temblorosos pies tampoco dudaron en tomar el camino largo y cobrizo. Unos gritos llegaron a su mente desde lo más profundo de la nostalgia. Era su inconfundible voz de niña.
Unos minutos después, debajo de malezas y oculta entre dos árboles enormes apareció la casucha de la infancia. No tuvo reparos en llorar, aún en soledad. La manija, de madera blanca, se mantenía intacta.
Repentinamente las nubes y el bosque se combinaron para hacer del lugar algo aún más lúgubre.
Hizo un instante de silencio. Ni siquiera la acompañaban ahora los gritos de la niña que fue.
Acercó la mano a la manija, con la íntima certeza de que era lo último que hacía en este mundo.
La puerta obedeció aunque oponiendo una suave resistencia por tantos años de estar cerrada.
La anciana notó entonces que alguien ayudaba a abrirla desde el lado de adentro, y se le paralizó el corazón.
Aulas
Uno nunca sabe si queda algún ordenanza dando vuelta o qué. Tampoco puede tener la certeza de hasta dónde llegan los gritos cuando la puerta del aula se ha cerrado desde afuera y la noche se cierne sobre la facultad sin que nadie repare en nuestros llamados de auxilio. Cuando dan las doce de la noche se esfuman las últimas esperanzas de ser rescatado porque encima la batería del celular murió por la tarde. Todo es silencio y aulas vacías. Un pupitre sirve de improvisada almohada y la resignación nos llega...y nos disponemos a dormir con la absurda tranquilidad de pensar que a la mañana siguiente despertaremos en el mismo lugar, en el mismo tiempo. Hará falta mucho de ese tiempo para entender que el mismo que nos trabó la puerta será quien nos lleve a su antojo por miles de habitaciones vacías, inevitablemente trabadas desde afuera y nos escuchará suplicar, dar patadas y blasfemar hasta el infierno y nos mirará siempre calmo, con su sonrisa de niño malo.
Uno nunca sabe si queda algún ordenanza dando vuelta o qué. Tampoco puede tener la certeza de hasta dónde llegan los gritos cuando la puerta del aula se ha cerrado desde afuera y la noche se cierne sobre la facultad sin que nadie repare en nuestros llamados de auxilio. Cuando dan las doce de la noche se esfuman las últimas esperanzas de ser rescatado porque encima la batería del celular murió por la tarde. Todo es silencio y aulas vacías. Un pupitre sirve de improvisada almohada y la resignación nos llega...y nos disponemos a dormir con la absurda tranquilidad de pensar que a la mañana siguiente despertaremos en el mismo lugar, en el mismo tiempo. Hará falta mucho de ese tiempo para entender que el mismo que nos trabó la puerta será quien nos lleve a su antojo por miles de habitaciones vacías, inevitablemente trabadas desde afuera y nos escuchará suplicar, dar patadas y blasfemar hasta el infierno y nos mirará siempre calmo, con su sonrisa de niño malo.
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