viernes, 8 de mayo de 2015

Pareja

Fue muy pero muy de noche, en la calle 9 de julio de mi ciudad, en pleno frío a los gritos y puteadas. 
Agradezco ahora que ningún policía curioso haya llegado a tiempo a interrumpir el espectáculo como resultado de alguna denuncia de vecinos malhumorados.
Cómo se insultaban, Dios. Ella lloraba, él le decía barbaridades de un calado tremendo, y todo se perdía en el cajón frío que formaban la calle y los edificios. Ni un auto estacionado.
Yo era un alma errante buscando vaya a saber qué respuestas -que aún no hallé- y de repente me encuentro la batería de insultos y gritos.... No atiné a esconderme porque seguro ni me percibían. Pero intuyo que después de eso volvieron. Había mucho amor y demasiado reclamos en esos gritos. Energía negativa, pero energía al fin, que en algún momento debe haber mutado en reconciliación apasionada.
Ahora cada tanto recorro esa misma calle, pero tengo veinte años más. Probablemente los cruce en el centro como matrimonio, con hijos, o separados, juntos o de a uno. Jamás voy a saberlo. El melenudo gritón que la volvía loca con sus reclamos debe ser ahora un señor desencantado que paga impuestos y va a buscar los chicos a inglés.
Me queda alguna esperanza de volver a escuchar esa pasión de gritos desorbitados, pero para eso tengo que merodear las calles a las tres de la mañana... Imposible. Ahora suelo ir tipo nueve o diez de la noche, como mucho en busca de una farmacia abierta, ya cerrando la jornada, en ese circuito de comodidad infernal donde todo es aburrimiento, y despertadores y obligaciones infinitas.

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