viernes, 1 de mayo de 2015

Memoria

La anciana siempre pensó que eran sólo pesadillas. Jamás lo comentó con nadie y ellas la acompañaron con fidelidad durante toda su vida. Pero ya era hora de averiguar cómo esa vieja casucha era tan parte de su memoria como cualquier otra cosa.
Sacó sin hacer ruido el auto y enfiló hacia el bosque. Era domingo por la mañana, estaba soleado y la reciente muerte de su esposo la dejaba sola como para que ya nadie controlara sus movimientos. Dos hijos en Sydney y casi nadie de este lado del mundo le aseguraban tranquilidad.
No dudó en la tercera curva y dejó el auto cerca de los primeros árboles. Los sonidos del bosque y la humedad de los primeros arbustos le hicieron sentir una familiaridad que la asustó. Estaba sola. Nadie se aventuraba por ese bosque de caminos de tierra si no era en una excursión o al menos acompañado.
Sus temblorosos pies tampoco dudaron en tomar el camino largo y cobrizo. Unos gritos llegaron a su mente desde lo más profundo de la nostalgia. Era su inconfundible voz de niña.
Unos minutos después, debajo de malezas y oculta entre dos árboles enormes apareció la casucha de la infancia. No tuvo reparos en llorar, aún en soledad. La manija, de madera blanca, se mantenía intacta.
Repentinamente las nubes y el bosque se combinaron para hacer del lugar algo aún más lúgubre.
Hizo un instante de silencio. Ni siquiera la acompañaban ahora los gritos de la niña que fue.
Acercó la mano a la manija, con la íntima certeza de que era lo último que hacía en este mundo.
La puerta obedeció aunque oponiendo una suave resistencia por tantos años de estar cerrada.
La anciana notó entonces que alguien ayudaba a abrirla desde el lado de adentro, y se le paralizó el corazón.

Muchos años después los niños del lugar juegan con el auto abandonado y repiten una y otra vez la canción de la lluvia y la luna, de la anciana y la niña, hasta que sus padres enojados y temerosos los van a buscar en medio de terribles amenazas, que normalmente -por las noches- quedan en la nada.

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